Quédate conmigo esta noche. Nada más porque es domingo.
Prometo no romperte, ni romperme, ni rompernos.
Armaremos una casita con mantas, y comeremos tantos (tantos, tantos) dulces que se nos olvidará el sabor melancolía y espiral.
Nos contaremos cuentos y jugaremos a hacer figuritas con nuestros dedos en la pared.
Te hablaré de las cosas que no entiendo y me mirarás como diciendo "Mi niña, bien sabes que no entender es ya haber entendido."
Me besarás y te besaré.
(Y no es lo mismo, y no te voy a decir porqué.)
Me dirás que no te gustan mucho las margaritas que porque son tristes y translucidas. O quizá sea yo la que diga tal incoherencia.
Cuando te estés quedando dormido te lanzaré el humo de mi cigarrillo en el rostro...
Entonces haremos el amor.
La casita se no caerá encima y nos reiremos de seguir con vida.
Me sentaré con la espalda recargada a la pared y tú te acercarás a mi regazo para dormir.
Te acariciaré el cabello hasta quedarme dormida. Y posiblemente sueñe que volamos.
Despertaremos a eso de las 10:00 a.m, cuando ya hayamos olvidado mitad de lo ocurrido apenas unas horas atrás, nos confiaremos de que todo el tiempo sin respirarnos sólo fue un mal sueño, de esos que no vale la pena recordar. Porque si algo se nos da bien es confiarnos hasta en las mentiras.
Podemos subir a la azotea, a buscar las nubes para hallarles forma.
Puedo contar tus lunares con los ojos cerrados y la lengua.
Encenderé un cigarrillo y me mirarás como si hubiese hecho algo incorrecto, entonces te besaré la nariz y sonreirás.
Terminaremos compartiendo el cigarrillo.
Y después...